martes, 26 de febrero de 2013

Django, me rompiste el corazón ----- Cristian Romero

  El estreno de una película de Tarantino ya supone un suceso mediático en el mundo del cine. Todos los espectadores se esperan los curiosos pastiches que este “enfant terrible” vomita sin ningún pudor. Una excéntrica mezcla de los géneros vistos como “menores” en el séptimo arte y que siempre termina arrojando unos resultados ingeniosos en la que, por lo menos, el director juega a experimentar con las narrativas, la creación de sus personajes, sus curiosos diálogos y el estrambótico manejo de la violencia. Unas veces más acertado que otras -Death Proof es su producto más mediocre- pero siempre con unos resultados que no dejan de ser más que interesantes.
  Pero ese no es el caso de la película que nos ocupa. El spaguetti western de Tarantino, la película que muchos estaban esperando. El género que él siempre ha venerado y que, con seguridad, todos teníamos la certeza de que se movería como pez en el agua. El problema es que cuando POR FIN se acaba—y digo POR FIN, porque a este tiro los 160 minutos son excesivos— todas las expectativas se destrozan ruidosamente, llegando a la conclusión que para ser la que debería ser la obra maestra de Quentin, nuestro venerado director no atina en el blanco como sus protagonistas pistoleros.
  Se nota cierto afán de Tarantino de ratificar su marca registrada, de subrayar sus caprichos, payasadas y supuesto ingenio.  El problema es que en este round sus caprichos ya saben a lo mismo, sus movimientos son predecibles, sus payasadas ya no son tan graciosas y  su ingenio se pasa de manipulador. ¡Es que ya ni sus diálogos son interesantes! Conclusión: El director que supuestamente reinventó el cine en los 90  se le olvidó reinventarse. Esta película es una mala copia del cine Tarantinezco, en donde parece que lo único que buscó este director fue darle gusto a sus “intocables” seguidores.
  Las mañas a las que nos tenía acostumbrados en sus guiones siempre fueron perdonables. Sus puntos de giro caprichosos pasaban de largo porque, hombre, es que este muchacho estaba homenajeando la literatura pulp, el cine b, el spaguetti western, el blaixpotation y todo el cine mal visto de décadas pasadas. Esos puntos de giro caprichosos estaban en consonancia con la misma trama, resultaban poco forzados, fluían (Como Jimmy Hendrix haciendo demenciales solos de guitarra con la lengua y los dientes ¿Me entienden?) Pero en esta historia los puntos de giro caprichosos más que ser caprichosos resultan bobalicones y facilistas.
  La “astuta” forma como Stephen descubre nuestros infiltrados. La reacción forzada y escandalosa con que Di Caprio arma un alboroto para terminar con una firma en un contrato y pataleando por una cogida de mano. La manera tan pendeja como nuestro gran pistoletero,  el perfecto justiciero, el que le volaba la cabeza a varios rufianes al mismo tiempo sin él pestañear y sin dejarlos a ellos pestañear, se deja meter un disparo en las costillas. La lentitud del siempre brillante Django en ese momento cumbre para defender a su compañero. La acomodada forma cómo lo castigan y la estúpida táctica que usa para engañar a sus captores y escapar. Todos estos problemas se precipitan después de un inicio sólido, como si el guion lo hubiese acabado de afán, como si hubiese salido del pulso de un escritor principiante.
  Como ya dije, el arranque es encantador. Planos generalísimos del desierto, los créditos con esa fuente típica de los spaguetti western, los movimientos clásicos de cámara del género italiano con esos golpes de zoom repentinos, y la hermosa canción del Django setentero, te clavan en la silla y te llenan la boca de babas mientras dices: mierda Tarantino, lo hiciste, lo hiciste. Pero pasan los primeros sesenta minutos y ya estás mirando el reloj. Ohhh, algo anda mal.
  Por supuesto que tiene sus momentos, como la escena de las máscaras pre-ku-kux-klan, la aparición del negro racista Stephen, y las interesantes actuaciones de Di Capprio y Waltz.  Porque es en este punto en que la película tiene grandes aciertos. Waltz vuelve a hacer su papel de Waltz. Esta nueva versión del general Landa que ya no es racista y es hasta humanitario, a pesar de calcar los mismos amaneramientos, tics y socarronería, no deja de ser encantadora. El personaje de Di Caprio te hace sentir asco de verdad, y el papel de Jackson es bastante curioso. Cosa que no ocurre con nuestro protagonista, que es completamente insulso, poco atractivo, plano.
  La historia de amor que es la motivación principal de esta historia, su supuesto trasfondo y la excusa para erigir este cuento, es el plus novedoso en las historias de este director. Pero es un trasfondo débil, poco explorado y profundizado. En ningún momento del metraje Tarantino se digna a mostrarnos por qué esa princesa vale tanto la pena como para que este Sigfried, en una forzada reinterpretación de esa leyenda germana, haga todo lo que hace para rescatarla. Broomhilda es un comodín que cuando por fin aparece en pantalla, se queda en ser una muchachita llorona que se cierra con una aplaudida de niña tonta en un caballo. Un happy end de lo más ridículo.
   De alguna manera parecía entreverse una reivindicación de los afroamericanos en esta historia, a lo Tarantino, claro está. Como los judíos mata-nazis de Inglorious Basterds. Vale, bastante caricaturezca, pero por lo demás simpatiquísima. Aquí esa intención es anunciada en la escena de los enmascarados de la KKK, pero se cae en la secuencia de los perros destrozando al negro que intentaba con desespero huir de su peor pesadilla. Un acto inhumano abogado por el mismo Django. Una escena que revuelve las tripas. Tarantino deja caer a su personaje al mismo nivel de vileza y bestialidad de sus contrincantes por la noble causa del amor, como si el fin justificara los medios.
  La sensibilización de esa brutalidad racista resulta forzada. Las escenas del “blanco” subyugando a los “negros” no llegan a conmover, no logran el dramatismo, por citar un ejemplo, de la escena del coronel Landa acribillando la familia de Soshana. Lo único que hacen es incomodar con escenas sanguinarias y sádicas, golpes de efecto que igual pasan de largo en los chorros de sangre que se suceden en la pantalla sin ninguna delicadeza en los tiroteos de buenos y malos, como si fuera un juego de lo más divertido.
   Y lo peor de todo: el cameo del director que para nada es interesante. Es excesivo en un último tramo que ya de por si es excesivo. 30 minutos que perfectamente pudieron sobrar, pero es que Tarantino se quiere mucho, qué le vamos a hacer, y no iba a perder la oportunidad de decir: “Venga, qué cool, explótenme en mi propia película”. 
   La fotografía es hermosa, la producción es apabullante, con unos diseños de locaciones y vestuarios esplendidos y una edición clásica y cuidada, otra novedad en su filmografía. Sin embargo, esta película lo único novedoso que aporta a la historia del western,  uno de los géneros más icónicos del cine, es usar canciones hip hop como banda sonora. Por favor, ¿no es que Tarantino ama a este género? Fueron mucho mejores los sutiles homenajes que hizo en películas como Kill Bill. 
  Toda esa belleza técnica empaqueta una trama floja, una maquinaria llena de desperfectos que no estaba lo suficientemente bien calibrada  y empieza a chirriar en la mitad de su funcionamiento. Y dejo claro que estas palabras no  son las palabras de un purista del cine ofendido. Al contrario, son las palabras de un admirador decepcionado.
  Está bien, estos baches son necesarios en la carrera de un artista. Un director tiene sus aciertos y desaciertos, y esos desaciertos son los que deben hacer que los mismos artistas juzguen su propio trabajo y los ayuden a crecer como tal. Hombre, no todo  García Márquez es “Cien años de soledad”. Aun así, ojalá este bache a Tarantino no le dure mucho, se deje de dar piquitos y le ayude a replantearse como creador, porque yo, por lo pronto, ya me cansé del cine Tarantinezco que es más de lo mismo y que ya no me sabe a nada. Absolutamente a nada.

   PD: ¿Es en serio que esta película ganó Oscar a mejor guion?  Apague y vámonos.